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Científicos del CSIC comprueban que, en laboratorio, el bivalvo crea inmunidad contra el material

El problema de los plásticos, (macroplásticos, microplásticos o nanoplásticos) inquieta cada vez más a la población, ahora que es consciente -lo ha visto en sus propias heces- de que se acaba comiendo en la sal, la cerveza o el pescado los microgránulos de la pasta de dientes, la crema de la cara y los trozos de las lentillas que desechan por la taza del váter. Y esa preocupación ha detonado el ansia científica por determinar cómo responden las especies marinas a esa moderna plaga que tras la pandemia de covid-19 ha incorporado nuevas especies, como los guantes y la mascarillas (Fuente: La Voz de Galicia).

«Los bivalvos son un grupo modelo para indagar en su incorporación y consecuencias en especies marinas debido a los volúmenes de agua de mar que filtran y a su consumo, pudiendo jugar un importante rol en su transmisión a la cadena trófica», apuntan investigadores del CSIC. Y el mejillón es el conejillo de indias perfecto, explica el investigador del CSIC Antonio Figueras, que dejó boquiabierto en un programa a Jesús Calleja cuando disolvió en un tanque medio litro de fitoplancton y en cuestión de 20 minutos cinco mejillones dejaron el agua de nuevo transparente.

Desde el CSIC apuntan que «se sabe que esas partículas de plástico son rápidamente depuradas por los bivalvos. Sin embargo, hay también evidencias de que esta depuración no es completa, y de que un 10 % pasa a la especie», indican. Hasta qué punto los microplásticos y nanoplásticos quedaban en sus tejidos y si estos afectaban a su respuesta inmune fue objeto de dos estudios cuyos resultados acaban de ser desgranados en sendas revistas científicas.

Respuesta inmune

El que profundiza en el impacto de estos materiales en el sistema inmune del mejillón ha revelado que, al menos en el laboratorio, «en un primer impacto, la capacidad de respuesta del bivalvo disminuye, pero al cabo de un tiempo crean resistencia», explica Figueras.

El otro trabajo trata de dilucidad si el mejillón acumula plásticos en sus tejidos. Y si bien se desconoce el impacto de los nanoplásticos, que son millonésimas de milímetros y es probable que pase desapercibido incluso para el bivalvo, se ha comprobado que los microplásticos no son plato de buen gusto para el Mytilus galloprovincialis. «El mejillón clasifica lo que le gusta y lo que no. Cuando cualquier partícula impacta con la branquia, los cilios lo llevan hacia la boca y allí decide lo que se considera comida y lo que no. La comida la digiere y la transforma en heces y lo que no lo lanza fuera en forma de seudoheces». En estos residuos es donde se encuentran los microplásticos que el bivalvo no se come. Otros sí son aficionados a estos compuestos, como se ha comprobado.

Ahora bien, las pruebas se han hecho en laboratorio. Es preciso todavía «trabajar más en el medio ambiente natural para comprobar el impacto» real de los residuos de plástico.